Doña Aurora

     En febrero de 2016 decidí irme a una pequeña aldea en la Sierra de Huelva para experimentar la soledad y disfrutar de la naturaleza. Allí conocí las experiencias de una señora mayor, que parecían de otro siglo. Quisiera ofreceros ser partícipes de una época en la Sierra de Huelva con el ejemplo de aquella persona, a la cual he cambiado su nombre. Como introducción, un informe de la Universidad de Huelva; y a continuación mis experiencias personales e informaciones de esta mujer que representa el éxodo de la Sierra de Huelva.

     Jesús Monteagudo López-Menchero explica cómo se vio afectada la provincia de Huelva por el éxodo del campo a las grandes metrópolis en el estudio Población y espacio en Huelva: Bases demográficas para una ordenación del territorio (2009): “Desde 1961 a 1980 pierde la provincia de Huelva por migraciones interiores 33.899 personas. Es el saldo negativo que arroja tras una emigración de 54.217 personas y una inmigración de 20.318. La principal provincia de destino de esos emigrantes es Barcelona, a la que llegan más del 30 % de los onubenses. Sigue en importancia la movilidad interprovincial que representa el 21 % de la movilidad de Huelva. Tras Huelva la vecina Sevilla con un 12 % es la tercera provincia en recoger el éxodo de los onubenses. Siguen ya otras con valores inferiores, de entre las que cabe citar a Madrid y al resto de las catalanas y levantinas más Baleares. Se trata en general de una motivación económica provocada por la penuria del interior de Huelva que obliga a la búsqueda de un puesto de trabajo allí donde se encuentre. El origen suele ser de población agraria que encuentra refugio en los subsectores menos cualificados de la industria (construcción) y los servicios”.

     Pero olvidamos con bastante facilidad que detrás de cada número existe una historia, un drama personal. Aurora nació en 1.936. Decidió emigrar para sobrevivir. La conocí estando sentada delante de mi pequeña casa alquilada. El día estaba soleado, y aunque era febrero, hacía buen tiempo para estar sentada fuera. Me saludó, y después de varios días llegamos a conversar más, hasta que me invitó a su casa y a ir juntas a su huerta para alimentar a los animales. Me fascinó el que pronto me confiara sus vivencias, sin pretensiones ni vergüenza. Me contó, por ejemplo, que es analfabeta, que de joven pasaron mucha hambre y que la maestra del pueblo no hacía caso a los niños pobres; solamente daba clase a los hijos de los más ricos. En la clase había una maestra para diferentes edades, por lo que pronto Doña Aurora empezó a aburrirse. Decidió dejar de ir a la escuela para ayudar a su madre a buscar leña y frutos para comer.

     Han pasado 3 años desde aquel encuentro, y he vuelto este otoño para recoger más información sobre su vida. Cuando regresé al pueblo, me dirigí a su casa. La puerta estaba abierta, lo cual quiere decir que no está en su huerta. Empujé la puerta de metal y la llamé con su nombre: “¡Doña Aurora!”. Desde dentro escuché su voz y pregunté si podía acercarse a la entrada, ya que me daba apuro entrar en la casa. Fue entonces cuando se acercó, y quedándose detrás de la puerta entreabierta, me miró con algo de recelo. Me presenté, y con un tono seco me dijo que no me recordaba: “¿Qué quieres tú de mí?”. En seguida fui consciente de que no puedo presentarme de improvisto con un cuestionario en la mano y suponiendo que ella estaría dispuesta a responder de inmediato. Acepté su reserva e insistí en seguir hablando con ella. Quedamos en que la visitaría el próximo día, aunque más bien lo decidí yo, porque ella me explicó que tenía muchas cosas que hacer, que no disponía de tiempo para charlar.

     Al día siguiente vine con un regalo que no quiso aceptar. Estaba comiendo delante de su chimenea, la cual está encendida día y noche. Esta vez fue más amable, me dejó entrar e incluso me ofreció comida. Pasamos el resto del día juntas; me dejé guiar por su ritmo. Aurora tiene 82 años, y con esta edad todo se hace con lentitud: levantarse, vestirse, buscar algo en la cocina o preparar café.

     Llovió mucho durante todo el día, pero aun así tuvimos que ir a la huerta para darle comida a las cabras, gatos y gallinas. Mientras sacaba el pan de una gran bolsa que sería para las gallinas, suspiró, y me hizo partícipe de sus pensamientos, lo cual era lo que más me gustaba de pasar tiempo con ella: “¡Ay, si mi madre levantase cabeza y viera este gran saco de pan!”. Pregunté si ni siquiera tenían pan y contestó como muchas veces hacía: “a ver, mi madre a menudo nos acostaba sin haber cenado, y nos levantábamos sin tener nada que desayunar”. Doña Aurora se quedó pensativa y yo seguí preguntando: “¿y entonces?”, “a ver, pues teníamos que salir en busca de alguna fruta mientras mi madre se encargaba de buscar leña. En noviembre sí que estaba bueno el tiempo”, explica, “comíamos mucho, no pasábamos hambre por las castañas que se encuentran en abundancia en esta época”.

     Estamos las dos sentadas frente a la televisión, la cual está todo el tiempo encendida. Tras un anuncio del PP para las próximas elecciones, ella reniega de este partido. “A mi padre lo fusilaron los falangistas en la guerra, igual que a mi hermano”, suelta de repente con un tono neutral, ante el cual no supe con certeza cómo reaccionar.

     Después de un rato en silencio, doña Aurora me cuenta que se casó con 19 años y que tuvo una hija, pero como no había trabajo, el padre decidió ir al norte de España. Sin embargo, ya que éste no les mandaba dinero, decidió irse con la niña a Madrid, donde vivía una hermana. Ahí sí había mucho trabajo y pronto pudo colocarse en una cocina. Su marido se mudó entonces a Madrid, y poco a poco se pudieron acomodar en la capital: fueron capaces de comprar un piso de protección oficial y esta casa en la sierra con jardín y huerta: “¡Si mi madre pudiese ver lo que tengo yo ahora!”

     Doña Aurora compra muy poco en las tiendas, come lo que le da el jardín y su huerta. Vive sola la mayor parte del tiempo, aunque de vez en cuando viene su hija con su nieto a verla.

     Por la tarde me enseña cómo asar las castañas y cómo pelarlas, mientras ella fuma su cigarrillo de matute, una hierba seca muy aromática y suave. Busqué en el diccionario una traducción de matute, y Doña Aurora se rió cuando le dije que sólo salía algo relacionado con el contrabando.

     Finalmente tuve que pelar todas las castañas y llevármelas a mi casa, tal como insistió Doña Aurora. Ella se divirtió al verme pelarlas, pero al final conseguí sorprenderla con mi agilidad recién aprendida.

     A la hora de marcharme le prometí que la visitaría al día siguiente para traerle manzanas y despedirme antes de coger rumbo a la costa.

     Me asombró con su pregunta: “¿cocino para nosotras?” Me despedí con un “a ver…”.

 

Gabriele Aschmann

Fuentes: Población y espacio en Huelva: bases demográficas para una ordenación del territorio. Jesús Monteagudo López-Menchero, Departamento de Geografía del Colegio Universitario de La Rábida. Universidad de Huelva, 2009.

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