Leyenda de Gil da Pena

Gil da Pena fue un muchacho al que las gentes del Algarve nunca olvidaron. Todavía, a día de hoy, cuando quieren contar historias antiguas de valentías, empiezan diciendo palabras del Rey: ¡Ah! Gil, Gil, ¡quién de ti tuviera mil!


Esta historia pasó cuando los primeros reyes de Portugal hacían guerra a los moros del Algarve. Se podría decir que fue una época dura y un poco violenta si la comparamos a los días de hoy, pero también hablan de ella como una época de héroes.


El Rey D. Afonso III (Alfonso III) llegaba justo de Salir, y ya D. Paio Peres Correia (Pelayo), el gran jefe de los Caballeros de Santiago, lo estaba esperando. Cumpliendo los deseos de Su Majestad, salieron todos los caballeros presentes para visitar la caverna del Monte de la Pena. Ahí, en el Monte de la Pena, se encontraban las fortificaciones moras, abandonadas, y la enorme cueva donde los señores musulmanes descansaban con sus mujeres. Por el camino, se acercó al rey un muchachito, seguramente de un pueblo de los alrededores, solicitando al Rey que lo dejase ser uno de sus caballeros, a lo cual, el monarca le pregunta:

  • ¿Qué edad tienes?
  • ¡14 años, Señor!
  • Eres todavía muy joven y ni siquiera tienes barbas para aguantar un peine.

El muchachito, muy educadamente, hizo la venia y se apartó. Pero, cuando el grupo de caballeros llega al otro lado del monte, cual fue la sorpresa de volver a encontrarse con el muchacho, el cual insistió de nuevo, de que quería ser un caballero, a lo cual el monarca le vuelve a repetir lo mismo:

  • ¡Ya te he dicho lo que tenía que decirte! ¡Todavía eres un niño que ni siquiera tiene barbas para aguantar un peine!

Entonces, Gil coge de su bolsillo su peine con dientes de hierro, y lo aguanta en su barbilla, diciendo:

  • ¡Pues el peine está seguro, Su Majestad!

D. Afonso III, muy sorprendido con la audacia del muchacho, le pregunta:

  • ¿Cómo te llamas, chico?
  • ¡Gil, Real Señor!
  • ¡Pues, Gil, que se haga tu voluntad! Hoy mismo empiezas a formar parte de la Orden.

Cuenta la leyenda que, por el coraje y la bravura de Gil demostrada en su primera batalla, fue felicitado públicamente por el monarca con la siguiente exclamación:


¡Ah, Gil, Gil
quién de ti
tuviera mil!

Helena Henrique

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