Sobre la Casa Colón y sus jardines

El hotel:

El Gran Hotel Colón fue construido entre 1881 y 1883 como hotel de lujo para altos directivos de las compañías mineras que operaban en Huelva. Uno de sus promotores fue Guillermo Sundheim, quien encargó el proyecto al arquitecto José Pérez Santamaría.

Sundheim creyó que Huelva llegaría más lejos en su desarrollo de lo que al final sucedió. Pensó que el motor minero la situaría como una de las grandes capitales del sur de Europa. Evidentemente, se equivocó. Como prueba de sus expectativas, el alemán promovió las líneas de ferrocarril que nos unirían con Sevilla y Extremadura, y que finalmente nunca han sido rentables. Aquel mago de los negocios convenció a la RTC, encabezada entonces por su presidente Hugh Matheson, de la construcción del pretendido mejor hotel de Europa. Para gestionarlo, crearon un consorcio denominado Huelva Hotel Company.

Alfonso XII visitó Huelva en marzo de 1882, y apunto estuvo de alojarse en el hotel de no haber estado aún en obras. Así que pernoctó en un buque de la Armada anclado en la ría. Quienes sí se alojaron en el hotel fueron su segunda esposa, la consorte María Cristina de Habsburgo-Lorena, y su hijo y heredero, Alfonso XIII. Vinieron para presidir la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América en octubre de 1892, coincidiendo con el periodo de regencia de la madre por la minoría de edad del hijo.

Pero esta visita regia se produjo en periodo de crisis del consorcio hotelero. Huelva no se desarrolló como Sundheim soñó, y el hotel resultó insostenible. Así pues, sólo dos años más tarde, en 1896, tras poco más de una década como hotel, el edificio tuvo que ser reconvertido en residencia para directivos de la RTC, con la nueva nomenclatura de Casa Colón. Siguió siendo propiedad de la Compañía (e incluso no perdió su calidad como referente en Huelva para los británicos) hasta que ésta se lo vendió al Ayuntamiento en 1986. Fue entonces, en su adaptación para Palacio de Congresos y Exposiciones, cuando desgraciadamente se derribó el pabellón norte.

La traza del hotel es ecléctica: inspiración británica, colonial, modernista… con detalles como la fuente victoriana del centro de los jardines y el anagrama de la RTC en los trabajos de forja, entre otros. El conjunto lo formaban cuatro edificios de grandes dimensiones en torno al jardín, aunque hoy sólo conservamos tres de los originales: Casa Grande (recepción, salón de chimeneas, suites) y los dos pabellones de Poniente y Levante (habitaciones dobles e individuales). El desaparecido Pabellón Norte (servicio, cocinas, restaurante, biblioteca, billar…) fue sustuido por el actual auditorio.

La iluminación:

La iluminación era de gas en los pabellones laterales, al igual que la calefacción, pero eléctrica en las zonas comunes y las suites, hecho que convirtió a este edificio en el primero de la ciudad con luz eléctrica. Esta iluminación, último grito tecnológico entonces, estaba llegando en aquellos mismos primeros años de los 80 del XIX a las calles de ciudades como Nueva York, Londres, o París. De hecho, fue su conocimiento y uso por los británicos lo que posibilitó su tan rápida llegada a Huelva a través del Hotel Colón. Y sólo allí dentro la pudieron disfrutar sus huéspedes de forma privada durante una década, pues ya en los 90 se electrificaron las primeras calles de la ciudad.

Los jardines:

 Se diseñaron con especies desconocidas entonces en Huelva traídas de otros lugares del mundo, algunos de ellos colonias inglesas, y combinadas con flora local. El centro lo preside la Fuente de los Tritones. Veamos algunas de las plantas que aún perviven, muchas de origen tropical:

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Araucaria: conífera proveniente de la Araucanía, Chile. Los primeros piñones fueron traídos a Europa por los ricos comerciantes de Indias. Los sembraron en sus propiedades, de forma que durante la primera etapa de la colonización americana, estos árboles fueron chivatos de viviendas de pudientes. Hasta que la naturaleza y el tiempo las popularizó. Pueden llegar a los 80 metros de altura.

Pimienta rosa o roja: también proveniente de Sudamérica, este árbol de porte mediano y ramas colgantes desprende el olor típico de la pimienta cuando frotamos sus hojas, y que no gusta nada a los mosquitos, por lo que desde antiguo se usa como repelente. Está muy distribuido en jardines y parques de las zonas cálidas de España.

Drago de Canarias: su savia, tan roja que parece sangre (“de dragón”), es medicinal. Aunque lleve al archipiélago español en su nombre, es propio de Marruecos. Su crecimiento es lento: aproximadamente un metro cada 10 años. Teniendo en cuenta esta fórmula, ya podemos calcular la edad de los dragos de la Casa Colón.

Costilla de Adán: la monstera es una de las clásicas en los arriates andaluces, aunque proviene de las selvas tropicales mejicanas. En Andalucía se popularizó como planta puramente decorativa, sobre todo la variedad deliciosa, sin haberle dado importancia a su fruto comestible. No obstante, la variedad que encontramos en la Casa Colón no es la popular costilla de la mayoría de los arriates, sino otra variedad de hojas no tan lisas y más caprichosas.

Naranjo amargo: muy popular en Andalucía como árbol ornamental; un clásico de nuestras calles. Es bien sabido que sus naranjas no son comestibles (a excepción de la mermelada británica), pero a veces hay visitantes curiosos que se atreven a meterse alguna en la boca. Para que no cometan el error, podemos enseñarlos a diferenciar el naranjo amargo del dulce con sólo observar su hoja: la del amargo tiene un corazón en su brote; como si le hubiera dado miedo nacer. Amago que la hoja del dulce no presenta o tiene muy poco desarrollado.

Palmeras datilera vs washingtonia: la datilera es la del tronco acuartelado como panal (señales de las viejas palmas), aquélla que llenó las calles de Huelva por miles antes de ser pasto del picudo rojo. La washingtonia es la que la ha sustituido conforme ha ido pereciendo por culpa del temido bicho, de tronco más liso y palmas de abanico similares al palmito. El crecimiento de esta última es más rápido que el de la primera.

No soy experto en botánica; y me faltarán plantas y árboles por nombrar. Con esta humilde aportación sólo prentendo regar con algunas gotas el valor de uno de los inmuebles más emblemáticos de Huelva. E intentar que, cuando entres, te pares más de lo habitual en observarlo y comprender su esencia.

Antonio Maestre González. Artículo completo sólo para socios.

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