¿Sabías que… la Riotinto Company fue conocida como “La Sin Rostro”?

   Desde la llegada de la Río Tinto Company Limited, la población de la Cuenca Minera se acostumbró a denominarla “La Compañía”. En vez de escudos nobiliarios u otros vestigios de antiguos vasallajes, se veía por todas partes el emblema con las iniciales RTCL; otra forma de ser los dueños y señores, como si de nobles medievales se tratase.

   Según cuenta Cobos Wilkins en La Huelva británica, la Compañía no tenía rostro. Antes de su llegada, la gente conocía al que los contrataba, sabían quien era, donde vivía, de qué familia venía… Sin embargo, aunque existían los encargados, los capataces, los jefes, nadie ignoraba que por encima de ellos había otros personajes en la sombra, a los que no tenían acceso: “El trabajador de a pie sabía que le estaban vedados los rostros últimos de esta trama, la faz definitiva de una escala de intereses que se perdía en alturas y, a la que él, desde las tierras del Tinto, no tenía acceso” (Juan Cobo Wilkins, La Huelva británica).

   La Sin Rostro controlaba absolutamente todo lo que acontecía hasta el punto de saber quién tenía perro y si los ataban a las puertas, los árboles o las rejas… Controlaba la salud, la educación, la religión, la alimentación, las pensiones de jubilación y el futuro de los hijos; la vida y la muerte. Y además, estaba al tanto de las tendencias políticas de sus empleados… Como muestra, un botón: la sirena y los estruendos de los barrenos, cuya onda expansiva hacia temblar paredes y techos, marcaban las horas del día, pues las voladuras y detonaciones solían realizarse a horas fijas. Y si alguna vez se retrasaban, la gente se extrañaba. También regía las horas con puntualidad inglesa el silbido familiar de los trenes, ferrocarriles mineros que marcaba el ritmo de los quehaceres diarios con su precisión británica.

   Escribe Cobos Wilkins: “De cuando Riotinto eran dos personas distintas, españoles e ingleses, y un solo dios verdadero: La Compañía”.

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Verónica Manaut Martínez

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