Capela dos Ossos na Igreja do Carmo, Faro

     La Iglesia del Carmen de Faro es un templo que la orden tercera carmelita se construyó en el siglo XVIII como lugar de oración comunitaria a las afueras de la capital algarví. No se concibió como cenobio, pues los miembros de las órdenes terceras viven en sus casas particulares; sino como lugar de encuentro y oración. Aquellos carmelitas no eran frailes ni monjes, sino laicos que, sin tener votos, añadían parte de la regla carmelitana a sus vidas.

     Esta iglesia se levanta sobre podio y se rodea de un amplio espacio de respeto. Es un típico templo barroco portugués, de grandes vanos enmarcados en piedra sobre fondo blanco al exterior, e interior formado por una única nave jalonada de recargadísimos retablos dorados. En el camposanto destaca una de las cosas más extrañas y propias de parte de Portugal: la capilla de los huesos.

     Las capillas de huesos son pequeñas construcciones que responden a una costumbre efímera del siglo XVIII, que no se mantuvo en el tiempo por resultar harto desagradable. Fue una breve corriente localizada en el arzobispado de Évora y sus diócesis sufragáneas, como la de Faro. Arquitectónicamente, la de esta Iglesia del Carmen es la más simple y pura: muros levantados a base de fémures con decoración simétrica a base de calaveras.

     Según la mentalidad de aquellos carmelitas, los restos exhumados se convierten en materiales de construcción para una obra sagrada. Si el cuerpo humano fue en vida un regalo de Dios, es digno usarlo como cantera para su templo. Aquellos difuntos recibieron bendición y consagración post-mortem, por lo que el espacio es de suma protección: ningún espíritu maligno se atrevería a entrar en suelo donde descansan los que volvieron a ser bautizados tras su fallecimiento. Todos aparecen anónimos tras la muerte, que todo lo iguala; no hay nombres, ni clases, ni estatus; a excepción de las tumbas que se añadieron al suelo en el siglo XIX. La Capela dos Ossos no es, por tanto, una capilla funeraria individual; ni siquiera un panteón familiar; sino un espacio comunitario para los miembros de la orden, que ceden voluntariamente sus restos mortales para que sean los materiales constructivos de un templo dedicado al Creador.

Antonio Maestre. Artículo completo sólo para socios.

 

 

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