Andévalo I

INTRODUCCIÓN

     El Andévalo es una región onubense a medio camino entre la tierra llana y la sierra, esta última de mayor antigüedad geológica que la primera. El Andévalo está cruzado por la faja pirítica del suroeste peninsular (Bajo Alentejo – Huelva – Sevilla). No obstante, y pese a destacar en los mapas de historia antigua, es una de las zonas de menor recursos económicos hoy día. Desde Tartessos y hasta el siglo XIX con empresas británicas, cada cultura foránea se instaló en esta tierra por su magnífica riqueza mineral. Pero esta riqueza fue, a la vez, su desgracia, ya que las tierras fueron esquilmadas. Y lo que resultó peor: los procesos de extracción y producción usados en sus últimas etapas arruinaron gran parte de sus terrenos, perdidos para siempre, dejando en su lugar grandes cortas y escombreras.

     La minería ha dejado una enorme impronta en el paisaje en forma de infraestructuras mineras: las citadas cortas y escombreras, edificaciones, cadenas de embalses, balsas de sedimentación, líneas ferroviarias, puentes, túneles… Y no sólo las infraestructuras dan fe de la importancia de la minería aquí, sino también las grandes reforestaciones con especies autóctonas que, aunque hoy tengan otra finalidad, se implantaron para alimentar las necesidades de combustible de las minas.

     Fruto de la población creciente en torno a la minería, se extendió paralelamente la agricultura marginal y el sobrepastoreo. La unión de todos estos factores junto a los incendios propiciados por la errónea política forestal, han desvirtuado un paisaje antaño caracterizado por sus grandes masas de bosque esclerófilo perennifolio del que hoy en día quedan escasos reductos.

CLIMA Y VEGETACIÓN

     En la faja pirítica el clima es marcadamente estacional de tipo mediterráneo, caracterizado por inviernos lluviosos y más o menos fríos, y veranos secos y calurosos. Las respuestas de la vegetación a esa climatología se traducen en estas características:

  • Hojas con cutícula (“piel”) gruesa y varias capas para reducir la pérdida de agua.
  • Coloraciones grisáceas o blanquecinas que reflejan la radiación solar evitando el calentamiento.
  • Alto contenido en esencias, que impide en cierto grado la evapotranspiración. Además, al evaporarse los aceites esenciales, forman una atmósfera que las protege de la desecación, al igual que de los herbívoros.
  • Frecuente órganos de protección: espinas, pelos híspidos, etc. para hacerse poco apetecibles a los herbívoros.
  • Hojas perennes para rentabilizar el alto coste de formación de una hoja esclerófila.
  • Los troncos de los árboles se ramifican pronto creando copas globulares ya que la competencia por la luz no es importante, y sí cubrir y proteger del sol la mayor superficie posible de su anatomía, así como del suelo.
  • Floración principalmente primaveral, la época más benigna y con mayor número de polinizadores.

     La mayor parte de precipitaciones se dan en otoño e invierno, particularmente en diciembre y enero, y rara vez en forma de nieve. Por contra, en verano las lluvias son mínimas, lo que unido a las altas temperaturas, hacen de julio y agosto un periodo de estrés para la vegetación. Teniendo en cuenta todo lo anteriormente expuesto, es fácil entender el dominio de la dehesa mediterránea de encinas y alcornoques.

     Si no hubiera habido alteración del medio por la mano del hombre, esta Faja Pirítica estaría totalmente cubierta por bosques, matorrales y pastizales propios de la Región Mediterránea, con especies de hoja dura y perenne, y formaciones de hoja caduca de tipo atlántico. Son árboles de porte modesto pero copas densas, más o menos globosas y contiguas, por aquello de proteger cuerpo y suelo de la irradiación solar. Árboles y arbustos desarrollan un poderoso sistema radical que les permite disponer de agua aunque escasee y / o se halle a profundidad.

El resultado de las adaptaciones para reducir la pérdida de agua (hojas pequeñas, duras, coriáceas, tejidos vasculares muy desarrollados y estomas siempre en el envés de las hojas, etc.), supone, por el contrario, una disminución de la capacidad fotosintética al reducirse simultáneamente la entrada en la hoja de co2. Esta mayor dificultad para la fotosíntesis es el precio que pagan estas plantas a su capacidad de sobrevivir en estas áreas. No obstante, las plantas esclerófilas la realizan durante todo el año.

Las plantas mediterráneas suelen tener también una gran capacidad de rebrote, lo que las hace perfectamente adaptadas a un ambiente de frecuentes incendios. Esto se concretiza en dos mecanismos distintos:

  • Plantas pirófilas: aquellas en las que la germinación de sus semillas se ve favorecida por el fuego, como la jara o la brecina, por ejemplo.
  • Fácil regeneración desde las partes bajas: hay plantas que rebrotan fácilmente tras quemarse desde sus partes bajas o subterráneas, como la aulaga o el palmito, entre otras. Algunas, como el alcornoque, producen una gruesa corteza (corcho) que protege del fuego al tronco, por lo que tras un incendio es fácil el rebrote a partir de yemas durmientes.

 

Sara Rodríguez. Artículo extendido sólo para socios.

 

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