Independencia

Las promesas de Felipe I de Portugal en las Cortes de Tomar y la riqueza del reino español favorecieron la Unión Ibérica entre 1581 y 1640. Pero en el siglo XVII, la Guerra de los Treinta Años provocó en la Península una crisis económica y social; por ejemplo, para Portugal supuso la movilización de sus ejércitos y la creación de nuevos impuestos.

El incumplimiento de las promesas hechas en las Cortes de Tomar llevó al descontento portugués con levantamientos y disturbios. La primera revuelta fue la Revolta do Manuelinho (Évora 1637), cuyo espíritu se extendió a otras partes del país.

El objetivo de la Restauración de la Independencia Portuguesa fue superar la crisis política resultante del gobierno autoritario del Conde Duque de Olivares. Él tomó las consiguientes medidas a la rebeldía, pero no pudo frenar el golpe de estado del 1 de diciembre de 1640, maquinado por varios cientos de aristócratas portugueses. Hubo asesinatos políticos, como el de Miguel de Vasconcelos por representar la administración española. Aquel golpe fue el que justifica que cada primero de diciembre sea festivo nacional en el país luso.

El Duque de Braganza asumió la dirección de esta insurrección palaciega contra la corona española bajo el título de Juan IV de Portugal, con el apoyo de los franceses, la nobleza y el pueblo.

La independencia se proclamó en 1640 y se materializó mediante un convenio constitucional firmado en la Cortes de Lisboa en 1641. En este acto se reconoció la legitimidad dinástica de la Casa de Braganza, corroborada durante los años siguientes por la Iglesia Católica y por el pueblo en sí. Los años dieron validez al golpe independista.

Obviamente, Felipe IV de España no podía quedarse de brazos cruzados, por lo que se inició en 1640 la conocida como Guerra de la Independencia o Restauración de Portugal. Ésta duró hasta que España reconoció la independencia portuguesa mediante la firma del Tratado de Paz en Lisboa en 1668.

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Ana María Rodríguez. Artículo completo sólo para socios.

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