Las embarcaciones oceánicas en el s. XV

     La necesidad de dominar el océano y dejar atrás la navegación de cabotaje llevó a distintos estados a construir nuevos modelos de navíos. Oriente y África fueron los principales estímulos de los viajes del s. XV, y el Atlántico estaba salpicado de islas desiertas que también atrajeron la atención. Las Canarias (Islas Afortunadas) eran conocidas ya por griegos y romanos. Más difícil es saber cuándo fueron descubiertas las Madeiras y las Azores, que aparecen con tales nombres en mapas genoveses y catalanes del s. XIV, pero no se sabe si ya se conocían bajo otros términos.

     A partir del s. XIV cambia el modo de vivir y de pensar de los portugueses: se aspira a un nivel de vida superior. La alimentación cárnica de Europa procedía de reses sacrificadas en otoño porque no había forraje para mantenerlas en invierno. Y se hacía necesario conservar la carne para todo el año. Algunos productos conseveros se encontraban en Europa, como la sal; pero la mayoría procedían de Oriente: pimienta, canela, clavo, jengibre… Productos orientales que se cotizaban cada vez más, además de los exóticos tejidos (seda, algodón) piedras preciosas, productos farmacéuticos como el ruibarbo…

     Mientras fue posible, se utilizó la ruta mediterránea a Oriente. Pero este mar estaba muy explotado y era altamente belicoso. Reyes y nobles de España y Portugal lucharon contra los musulmanes tan continuamente que, de dichas empresas y la pesca, nuestros marinos se familiarizaron con la navegación oceánica. Pronto se supo que las costas africanas podían ofrecer muchos más beneficios: oro, pimienta y esclavos negros. Las nuevas rutas oceánicas a Oriente marcaban el futuro y evitaban la clásica ruta mediterránea, monopolizada por Italia y amenazada cada vez más por los turcos.

     El príncipe D. Enrique el Navegante fue el artífice de la gran expansión colonial portuguesa. Preparó a su gente en una escuela práctica de náuticos creada en Sagres. Recogió todos los conocimientos náuticos aprovechando la experiencia de los pilotos y navegantes anteriores, sobre todo mediterráneos. Su título de Gran Maestre de la Orden de Avis, junto con el apoyo de la Corte, le proporcionaban los medios necesarios para financiar sus empresas descubridoras.

     La idea de circunnavegar el continente Africano, como posible acceso a la especería, y de un modo más inmediato, la posibilidad de comerciar con los productos del propio continente (oro, marfil, pimienta, y sobre todo esclavos), dio un impulso enorme a los proyectos expansionistas portugueses.

     Al principio, los esfuerzos de los portugueses estuvieron encaminados a asegurarse la posesión de todas las islas atlánticas con el propósito de cerrar el océano a posibles competidores. Y casi lo consiguieron. Las Canarias fueron la única excepción. Y aunque recurrieron al Sumo Pontífice para lograrlas, finalmente siguieron siendo castellanas. No obstante, el Papa concedió a los portugueses el dominio de toda la costa africana.

     Las actividades navales portuguesas desde mitad del s. XV se centralizaron en Sagres. D. Enrique estableció allí su residencia, y además un centro náutico, que era a la vez casa de contratación, llegando a resolver allí muchos de los problemas que planteaba la navegación oceánica.

     La nao y la carabela fueron los instrumentos materiales de los grandes descubrimientos. Perfeccionadas por los portugueses, constituyeron un gran adelanto frente a las embarcaciones existentes hasta entonces. Más pesadas que las galeras mediterráneas, eran sin embargo mucho más robustas. Velamen desarrollado y casco reforzado eran las características de este tipo de nave. Fueron de tal importancia para las pretensiones expansionistas portuguesas, que los astilleros tenían prohibida la venta de dichas naves a los españoles, quienes terminaron por copiarlas, viéndolas pasar frente a nuestras costas.

     Las dos naves estaban dotadas de un castillo de proa y de la toldilla, situada a popa, donde se encontraban la cámara del capitán y el contramaestre. Ambas estrenaron también un nuevo adelanto técnico: el timón de codaste (pieza móvil vertical y plana, formada por un tablón y una pieza de hierro u otro material resistente, articulado con goznes) que sustituirá al de espadilla (especie de remo grande).

     En cuanto a los materiales constructivos, los cascos eran de roble, y de maderas más ligeras para la carpintería interior. Las partes metálicas eran de hierro, y a veces de cobre. Los elementos textiles eran de lino, y cáñamo para cuerdas y velas. El alquitrán se usaba para impermeabilizar los cascos.

     La base de la alimentación prevista para las travesías oceánicas era trigo, vino y aceite, junto con el agua dulce, carne y alimentos frescos que se repostaba en las escalas. Se completaba la carga con salazón de carne y de pescado, legumbres, miel, frutas secas y quesos. Y el vinagre, elemento indispensable para sanear el enrarecido e insalubre ambiente en la bodega del barco, por  sus propiedades, se utilizaba como desinfectante. Los problemas de conservación eran frecuentes a causa de la humedad y los parásitos.

     Se llevaban también materiales para la reparación de los barcos: alquitrán, clavos, herrajes, cuerdas, planchas de madera, piezas de repuesto (timón ,anclas etc.).

     También se tenia en cuenta los posibles encuentros con indígenas, por lo que se llevaban diversos objetos destinados a servir de moneda de cambio: espejos, bonetes de colores, peines, cuentas de vidrio; y otros materiales útiles: hachas, cuchillos, tijeras, anzuelos, etc. Y algunos presentes más valiosos para conseguir los favores de príncipes y autoridades.

     Los barcos tenían también sus sistemas de defensa. Sobre cubierta se instalan piezas de artillería ligera que disparan metralla de hierro. Bajo cubierta, por agujeros en el casco, las bombardas arrojaban proyectiles  de piedra o hierro. La tripulación estaba armada con lanzas, picas, espadas, armas arrojadizas y armaduras.

     En resumen, unas naves que fueron la avanzadilla del desarrollo de la construcción naval oceánica, que permitieron perder de vista las costas y cruzar los océanos al encuentro de territorios desconocidos; e igualmente,  la creación de nuevas rutas hacia los ya conocidos.

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Artículo completo en boletín de julio (sólo para socios).

Verónica Manaut Martínez.

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